Relato ganador Categoría C (18-30 años) – Concurso de relatos cortos “Un enigma en El Bierzo”.

¿Por qué se van?


Nunca perdí la excitación previa a volver a casa. El medio de transporte no importaba: fuera coche, bus o tren, el paisaje te mostraba irremediablemente una frontera transparente, pero visible.
A partir de un punto inexacto, más o menos allí donde termina el Manzanal, el terreno se erguía imponente y fiero como cada berciano. Los llanos se convertían entonces en terrenos irregulares y las pequeñas colinas se transformaban en montañas escarpadas. Los árboles se hacían grandes y frondosos, y crecían en cualquier parte. Las cúspides cobraban el color blanco de la nieve y el hielo, que pocas veces huía.
Pero, sin duda, lo más impactante era la paleta de color. Como si el artista que hubiese inventado ese paisaje inequívoco se hubiese cansado del marrón, comenzaba entonces un desfile de verdes que iban desde la claridad del césped al sol hasta el color del musgo más húmedo. Aquello no te dejaba indiferente.
En esos instantes, mi interior se llenaba de una calidez que no he conocido jamás en otro lugar. Después, cuando entraba en Bembibre y veía sus barrios más alejados, los más pobres y grises, cuando atravesaba la fea calle que conectaba con mi diminuto pueblo, me embargaba la emoción de saber que ya estaba allí, a un palmo, pero ya en casa. Era una excitación total y absoluta, como los nervios que sientes antes de una primera cita; pero aquí con la alegría de saber a ciencia cierta que ya todo va a ir bien.
Era por eso que no podía comprender el enigma. Una eterna duda me asolaba. ¿Por qué todo el mundo se iba?
Un día, paseando por Torre del Bierzo en un aciago y lluvioso día de Santa Bárbara, escuché por milésima vez aquella canción. “De la tarde amarilla, tres hombres no volvieron”. Y pensé, también por milésima vez, qué desconocida es nuestra historia minera fuera de los hogares bercianos.
Hablan de privilegios, de prejubilaciones, de grandes sueldos. Nadie habla de mi padre frotándose y frotándose las manos en el lavabo, con el carbón surcando cada pliegue, un carbón que jamás le abandonaba del todo, la raya oscura enmarcando aquella mirada transparente que se fue tan pronto. Nadie habla del agua hasta las rodillas. Nadie habla
de arrastrarse como ratas a picar. Nadie habla de las enfermedades que asolan a los que sobrevivieron. Nadie habla de las lamentables medidas de seguridad. Nadie habla de lo que sentíamos al leer los periódicos, al recibir la llamada de la fatídica tragedia, de aquellos que bajaron en la jaula y ya no volvieron.
Y, con todo lo malo y todo lo bueno, aquello nos lo arrebataron. Nos robaron el medio de subsistencia de miles de personas. Y la gente se fue.
Hace días, paseando por las Médulas, pensé en este verano. Este verano, en el que tuvimos que asistir a un funesto espectáculo donde lo único que no nos habían quitado todavía – unos paisajes de cuento de hadas-, se desvaneció ante nuestros ojos entre las llamas. “No hay medios suficientes”, dijeron, pero lo cierto es que para El Bierzo nunca hay suficiente. Ya nos lo demostraron con la minería. Nos lo están diciendo con la sanidad. Y, ahora, con todo lo que se ha convertido en cenizas.
Supongo que los colores de nuestra tierra volverán, tarde o temprano, y, como siempre, los bercianos arrimaremos hombros y sacaremos esa fuerza que quizá proviene del oro y el carbón, o que quizá nos hizo tener el coraje necesario a meternos bajo tierra y picarlo, no lo sé.
Y supongo que, algún día, todos esos que estamos volviendo a casa y los que siempre se quedaron, empezaremos a pedir todo aquello que normalmente nos callamos porque somos gente que solo quiere vivir tranquila y disfrutar de la belleza de su comarca; del otoño berciano; del frío que cala en los huesos, pero impulsa a encender la lumbre y compartir historias.
Porque El Bierzo es compartir. Y, por eso, últimamente veo a gente volver. Gente adulta que por fin consigue una ansiada plaza. Gente que desea cambiar las cosas. Gente joven a la que el 2020 encerró en un piso en Madrid y le hizo comprender que la felicidad no está en lo que uno hace, sino en lo que uno es. Y en lo que es para el resto. En el hogar.
El Bierzo siempre resurge. Y esa es una verdad inherente a nuestro carácter. Porque allá donde va un berciano, todo su entorno sabe lo que es la comarca. Todo el mundo la visita.
Y todo el mundo vuelve.

Una berciana fiera.

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